sábado, 29 de enero de 2011

Del otro lado de mi ventana

El sol intenta dar sus primeras señales en el cielo (lo logro notar a través de mi ventana).  Mis ojos ya están abiertos. No quiero levantarme. Pese a eso, dejo de estar recostado en mi improvisada cama (si se podría llamar cama a una frazada tirada en el suelo). Me paro, prendo la luz y observo las cosas de mi cuarto casi vacío. Todo sigue igual que la noche pasada. La computadora está ubicada a lado de la ventana, la caja de mi ropa en una esquina, la pequeña cocina de gas -sobre una vieja mesa- mantiene una sartén. La guitarra también sigue colgada en la pared. Eso es lo poco que tengo y que todavía mantengo conmigo.
Me quedan dos horas antes de que me dirija al diario. Me lavo la cara y los dientes rápidamente. Después paso a prepararme unos huevos fritos (bien dorados como me gustan). Es mi segundo día en mi vida como independiente y me he es bastante complicada la situación. Es la primera vez que me encargo de mi vida… Atrás he dejado el apoyo de mi hermosa y santa madre.

Por mucho dar la contra  me retiré de mi hogar. Tenía que empezar a crecer. No siempre iba a estar con mi linda madre, a quien amo y le agradezco bastante por haberme formado en valores adecuadamente. Porque gracias a ella soy lo que soy. Un joven periodista que, desde hace pocos días, vive solo.  
Yo no elegí esa decisión, fue el destino. Desde muy niño mi padre me lo decía: “el destino es como un búmeran, hijito. Hay que procurar no golpearnos”. Al igual que él, ahora yo pienso lo mismo. Es cierto que todo tiene un porqué, pero a veces las cosas ocurren al pasar las horas y uno no se da ni cuenta. Solo logra meditar las consecuencias cuando todo está dispuesto.

Me pongo mi camisa favorita (favorita porque no le gusta a los demás). Aseguró mis pasadores de mis zapatillas Converse –que ya piden a gritos unos suplentes- tranco bien la puerta de mi cuarto y salgo de la vivienda del centro de Lima, que me acoge por un módico valor monetario.
Caminando las cuatro cuadras que dividen la distancia de mi reciente cuarto con el diario, logro observar la plaza San Martín. Todo sigue igual. Prendo un cigarro y sigo mi camino (siempre hago lo mismo, yo ya no fumo, pero miento. Lo sigo haciendo). Mis días están verdes. Verdes como yo. Verdes como las peras. Ahora sé  que la vida es dura. Me he dado cuenta que del otro lado de mi ventana, el tiempo y el espacio son distintos.

  
Agradecimiento a quieromidibujo. com 

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