jueves, 25 de noviembre de 2010

El febrero que te vi (Parte I)

Cuando el amor se acaba, lo mejor no es irse así nada más, tampoco decirse adiós, basta un hasta luego. Porque uno no sabe que pasará en el futuro...

Ellos quedaron en encontrarse, después de largos tres meses, para él. Se iban a volver a ver ante todo pronóstico. La última vez, Alex le había tirado la puerta del auto en la cara, luego de que ella le confesara que estaba saliendo con otra persona. La dejo sola con el taxista que tenía una cara de enfermo sexual. No le importó que le pasara a Vannesa, a bordo del taxi del sujeto con rostro de depravado. Para buena suerte de ella no le sucedió nada malo, ni tampoco pagó ni un sol por el viaje. Minutos antes Alex había cancelado por el recorrido. Reaccionó mal. Quedó con esa  mala sensación que se nos viene, cada vez que perdemos algo que más queremos. Lo que pensamos que durará y que no será por mucho tiempo. Lo que odias a gritos pero aún así pasa. Las cosas terminaron  de esa forma la noche nublada de mayo, que se vieron por última vez. Él no la quiso volver a ver. Pero no pudo. Se tragó el orgullo y aquella vez, un día previo al encuentro, le habló por el messenger.

-Está en línea, haré como si no la conociera- pronunció Alex, sentado frente a su computadora. Estaba comiendo un pan con tamal, que había sobrado en el desayuno. Recién se había levantado. Era domingo.
Mediodía con un sol brillante y muy penetrante. Era la enésima vez, que se encontraban por internet. En todos los roces electrónicos, jamás se hablaron. Ambos tenían sus razones. Porsupuesto todo este embrollo perjudicaba su relación. En reiteradas veces, Alex reaccionó de esta manera. Haré como si no la conociera... Eso fue de boca hacia fuera, porque seguía babeando por Vannesa. Chequeaba que pasaba con ella, por el facebook; miraba las noticias -que eran publicadas por el hotmail- sobre ella. Siempre lo hacia. Cantaba, a gritos más no poder, las baladas que antes odiaba y las veía como muy cursis. Porque Alex es así, odia en, un principio, todo lo que le parece tonto y después lo acepta.
Odiaba levantarse temprano, consiguió un buen trabajo y se acomodó a la rutina. Odiaba cocinar, tuvo que aprender por necesidad. Odiaba a los taxistas, tuvo que subirse -en reiteradas veces- al transporte de uno de ellos, para no llegar tarde al sitio pactado. Es así. Todo lo iba aceptando sin darse cuenta. Caía en su propio laberinto. Hasta un día,  odió ser un arrastrado con Vannesa. Hizo la promesa de no seguir con eso que iba en contra de sus prinicipios. A las finales se tuvo que acomodar a la situación que afrontaba.

Alex Zuñiga, acaba de iniciar sesión, fue lo que leyó Vannesa. Estaba revisando unos documentos en su computadora. La oficina estaba vacía. Libre de la bulla diaria. Le tocaba trabajar ese domingo. Ella estaba molesta por la forma de cómo la dejó Alex en el taxi. En el fondo, sabía que se lo merecía. Al ritmo de una balada de Los enanitos verdes se puso a recordar una vez más, lo sucedido con Alex. La ocasión cuando le confesó que salía con otra persona, Vannesa no aguantó la reacción patanesca de su entonces enamorado y le importó un cacho lo que pasara con él. Pero, ya habían pasado cerca de tres meses. Pensaba que era mejor, no hacer tanto drama. Tenían que quedar como amigos y dejar los resentimientos de lado. Por eso no dudó en decirle hola.

Vannesa dice:
-Hola, Alex, ¿cómo estás?

Esperaba una respuesta. Sabía que era algo difícil. Conocía a Alex muy bien. Él es de los tipos que se resienten muy rápido, pero en el fondo perdonan. Era cierto, Alex decidió responderle.

Alex dice:
- Hola, bien. Gracias.
- Cómo te ha ido- respondió Vannesa.
-  Ahí, ajetreado, entre los dos trabajos, me doy algo de tiempo y ¿tú?
- Algo mal en el trabajo, mi jefa me tiene entre ceja y ceja. Tú sabes...
- Sí, pues. Ha pasado bastante tiempo, ¿no?- escribió Alex. No estaba para rodeos. Quería hablar de lo que había pasado ese día. Tenía que sacarse esa duda. Saber si fue la mejor decisión, dejarla abandonada en el taxi.
- Es cierto, no quise que suceda esto. Pero, me sorprendió que reaccionaras de esa forma- dio respuesta a la pregunta, Vannesa. Se estaba preparando una taza de café.
- Sí, lo siento, pero fue un arranque para defender mi orgullo. Tú sabes muy bien como soy.
- Por eso, porque te conozco, me sorprendí.
- Sí...

De los mensajes que se respondían al instante, pasaron a una pausa larga. Alex creyó correcto aclarar ciertos puntos. Vannesa quería ser lo más sincera posible con él. Los minutos pasaron así. Diez minutos después del último mensaje, decidieron encontrarse el día siguiente. 

(Continuará)

(Imagen de educima.com, los agradecimientos del caso)

domingo, 7 de noviembre de 2010

Solo por teléfono

(Continuamos con el relato inicial   -"Minutos de angustia"- que cada vez se amplía más)

Cosas del destino impredecible. Inevitable hecho que tenía que suceder. En tres ocasiones se pusieron a hablar sin parar.   Habían transcurrido siete días, de la última vez que preguntó por su ex. La conversación por teléfono duraba no menos de dos horas. Diego la llamaba y perdía la noción de todo. Cómo es el tiempo de acelerado cuando conversas con el ser que te simpatiza. Las horas se te pasan en un dos por tres. Justo eso sucedía con él, cada vez que charlaba a través del hilo teléfonico con Lucero. No le importaba que fuera la hermana de Alexandra, su ex enamorada. Esta última, no le contestaba la llamada. No mostraba interes alguno en regresar con este flaco de 21 años que no pasaba el metro sesenta y cinco de altura. Éste terco como una mula intentaba hablar con ella, su reciente antiguo amor universitario. No lo conseguía. Contestaba su hermana y automáticamente él pedía hablar con Alexandra. Así pasó la primera y la segunda vez que llamó a casa de ésta. La tercera ya no fue así.

-Hola, Lucero?...
- Sí, quién habla-, respondió Lucero. Fingió no reconocer la voz de Diego. Sabía que era él. Quiso hacerse la desentendida. La interesante.
- Soy Diego...
- Hola, cómo te va.
- Bien, gracias, y ¿tú?
- Ahí... pasándola. Llamas por Alexandra, ¿no?
- No, llamé por ti.
-¿Qué?...
- Lo que pasa es que la última vez no terminamos la conversación.
- Ah, si pues, no acabamos. La hora avanzó muy rápido.
- Sí, creo igual. Sabes me pareces una chica muy interesante. Me gustó hablar contigo esa vez. Fue más de media hora, ¿no?
- Sí, a mí también me agradó. Pero no crees que está mal que hablemos. Mi hermana puede pensar otra cosa...

   Lucero sabía muy bien que Alexandra se iba a molestar. No le interesó. Sentía una atracción por Diego. Le caía muy bien. La pasaba de mil maravillas cuando hablaba con él por el teléfono. Trataba de mirarlo no como el ex de su hermana sino como el pata con el que podía salir y podría iniciar una relación de  enamorados. Sí ella no quiere nada con Diego, no veo que problema hay que yo conversé con él.  Lucero se encontraba soltera desde hacía cuatro meses. Había terminado con su pareja porque se aburrió de la monotonía. No intentó salvar la relación de cuatro años. Se puede decir que fue lo mejor que hizo. Su entonces novio -porque estaba comprometida- la engañaba. Llevaba una doble vida. Ella no se llegó a enterar.
Ahora le agradaba la idea de compartir momentos con Diego, así fuese solo por teléfono... Porque, al igual que su hermana, no tenía celular.  


lunes, 1 de noviembre de 2010

La ex no respondió

                                               (Este post es la continuación de "Minutos de angustia")

Pasados los días, Diego no conseguía hablar con ella. Alexandra seguía inubicable, sin contestarle el celular. En dos ocasiones entró su llamada. Cuatros segundos duró como máximo la primera. Bien hablaba Diego, se cortaba la llamada entrante, así pasó con el segundo también. 
El haberlo esperado más de dos horas, sentada en compañía de la madre de su entonces ex, no lo soportaba. Ese hecho hirió a Alexandra en lo más profundo de ella. Está muy confundido si piensa que lo voy a buscar otra vez. ¿Qué se ha creído?
Aquella vez, Diego tardó demasiado. LLegó a  casa y no la encontró. Alexandra se fue molesta, hijito, ¿por qué te demoraste tanto?, le decía su madre, que tras la llegada de Diego, no se percató de que su retoño traía los pantalones húmedos, luego de haberse quedado atrapado en ese congestionamiento enloquecedor, sin dar señales de existencia.

Diego había hecho hasta lo que él creía  imposible realizar, pedirle a la antipática de la prima de Alexandra el número de celular de su ex enamorada.
-Hola, qué tal, cómo te va. ¿Me puedes dar el nuevo número de Alexandra?-, así de directo fue. No tenía que irse con rodeos. Sabía que no iba a conseguir nada hablándole 'con franela en mano'.
- ¿Y tú para lo quieres?... No me digas que quieres volver con mi prima- respondía Mellisa, con su característica voz de niña engreida.
- Me lo puedes dar. Es para algo urgente. 
- ¿Urgente?... ¿De qué se trata?, qué le haz hecho ahora.
- No te incumbe, ¿sí?-. Trataba de sobrellevar ese momento tan complicado. Diego sabía que iba hacer así de duro poder arrancar el 'bendito' número de los labios de esa víbora con cabellos rojizos y lengua fílosa llamada Mellisa. En su mente, le decía de todo: Oye maldita gorda pelirroja por qué no me entregas ya, y dejas de joderme la vida y hartarme la paciencia. 

Luego de haberse tomado media hora lidiando con la chinchosa prima de Alexandra, consiguió el número. Por fin, tengo que ser cauteloso. Tampoco voy a llegar al límite de decirle que ese día me mojé en los pantalones y a raiz de eso no pude llegar antes.   
Sabía que se había portado mal. No le costaba nada llamar a su casa esa noche y decir que no podía llegar. O pedirle a su mamá que le pasara con Alexandra. Si a las finales ella estaba en la casa de los Cárdenas Paredes, su familia.

 Cogió el teléfono, marcó su número por enésima vez. Por fin le contestó alguién. Era la  hermana de Alexandra.

 -Aló...
-Hola, Lucero, ¿cómo estás?, está tu hermana.

- Hola, Diego, sí está, solo que no quiere hablar contigo, ¿qué le has hecho?...
-Sabes, no he hecho nada. No sé por qué está así conmigo-, mentía, sabía que le había hecho esperar, mas siguió mintiendo.
- Bueno, te contaré que toda la tarde ha estado hablando con Mellisa, así que imaginate que le habrá dicho. Yo solo escuché que tú habías ido a buscar a mi prima.
- Sí fui a su casa para pedirle el nuevo número de celular de tu hermana. No sé ni siquiera donde viven ahora...

Hablar con Lucero, la hermana mayor -por dos años- de Alexandra, le sirvió de mucho. Había recuperado a una antigua aliada. Conversó más de 30 minutos con ella, sin que se enterase su ex enamorada, que seguía en su habitación con la pelirroja de su prima. Ese tiempo le fue suficiente a Diego para que le contase detalladamente, lo que pasó con la relación que mantenía con Alexandra.  Mas no consiguió lo que esperaba. La ex no respondió...

(Imagen: Bigibody, los agradecimientos del caso).

domingo, 24 de octubre de 2010

Minutos de angustia

Eran las 8:30 de la noche. Se despidió. Nos vemos mañana, broder. Llevas el trabajo a la universidad. No iba a demorar ni veinte minutos en llegar a su casa. Subió al bus y en pocos minutos se quedó dormido. Era raro, porque él no era de echarse una siesta en los vehículos.
Se despertó asustado, sudando. Sintíó un apretón en el estomago. Observó donde estaba. Para su buena suerte, no se había pasado de paradero. Para su mala, había un atracadero fatal. Los autos estacionados. La bulla atroz y ensordedora del claxón. Todo le hacía indicar que estaba por la avenida Wilson. No soportaba más, sentía que se le venía. ¡Qué sensación para jodida! No tenía ninguna chance. Como sea tenía que expulsar todo lo guardado. ¿Por qué no aproveché ese rato, cuando estabamos solos?  Subido en el auto le era díficil. Pasaban los minutos y las ganas crecían más. Trataba de controlarse, pensaba en elefantes rosados y otras tantas cosas más. No le servían de mucho.
Cinco minutos para las nueve y media, ¿tanto he dormido?. Ahora, ¿por qué no avanza el bus? Todos arrancan y éste no.  Quería llegar ya, a su paradero. Como nunca deseaba regresar a su casa para poder miccionar tranquilamente. Faltaban doce largas cuadras para llegar. Él no se imaginaba quien estaba esperándolo en su casa. 
Sonó el celular, Contestó.
-Aló.
-Hey, Diego, ¿a qué hora llegas? 
- Mamá ya voy de regreso. Estoy atrapado en un maldito congestionamiento.
-Apúrate, qué Alexandra te está esperando desde hace un buen rato.
- En serio. Ya dile que me espere-. Cortó.
Alexandra era su ex enamorada. Él habría hecho lo que sea para llegar temprano. No pudo. Mientras hablaba con su madre, por teléfono, se había orinado en el pantalón. Su vejiga le jugó una mala pasada...

(Agradecimiento a blogspot por la imagen).